viernes 3 de septiembre de 2010

PRIMARIAS EN EL PSOE DE MADRID: HACIA UNA MISIÓN IMPOSIBLE

Hace quince años la izquierda perdió el gobierno de la Comunidad de Madrid. Estuvo muy cerca de recuperarlo en 2003, pero una conspiración de ramificaciones nunca del todo desveladas –el “Tamayazo”- lo impidió.
Ahora estamos casi a las puertas de un nuevo proceso electoral y los máximos dirigentes del PSOE –en realidad, Rodríguez Zapatero en consulta exclusiva con su almohada y sus encuestas- creyeron haber encontrado un mirlo blanco en la persona de Trinidad Jiménez. La Ministra de Sanidad puede que lo haya hecho bien como titular de un departamento ministerial tan importante, pero lo hizo bastante mal como candidata a la Alcaldía de Madrid frente a un “peso pesado” como Ruíz Gallardón.
En mi modesta opinión, Jiménez sigue sin resolver sus carencias políticas de fondo. El otro día, según los medios de comunicación, se negó a un debate público con su rival alegando que “Bono y Zapatero nunca tuvieron un debate público cuando se enfrentaron en unas primarias”. Puede que sus palabras fueran mal interpretadas o mal recogidas en las crónicas, pero esa frase, por sí misma, demuestra el barullo mental al que suele se propensa esta mujer de insobornable vocación política. Porque, primero, Zapatero y Bono nunca se enfrentaron en unas primarias, sino en un congreso del partido convocado para elegir nueva dirección; y, segundo, sí que protagonizaron un debate público cuando hubieron de defender sus propias candidaturas ante los delegados. Confundir un congreso con unas primarias es grave, tan grave como creer que un partido es una maquinaria electoral que puede gobernarse a base de encuestas e intuiciones o caprichos del líder indiscutible.
A Tomás Gómez, el hombre que ha tenido el coraje o la ambición de obedecer a su propio instinto en lugar de dejarse manejar como un muñeco por su mentor, podría aplicársele una de las famosas “leyes de Murphy”: que todos tendemos a ir subiendo hacia nuestro propio nivel de incompetencia. En general, la gente que hace bien su trabajo –al parecer Gómez lo hacía bien como alcalde de Parla- acaba siendo recompensada con un ascenso en la escala jerárquica de su organización. Gómez pasó de alcalde a Secretario General del Partido Socialista de Madrid por voluntad soberana del Secretario General del PSOE y de los militantes madrileños. Y ahí se topó de pronto el joven alcalde con su nivel de incompetencia. En primer lugar, porque no era diputado regional y esto dificultaba sobremanera su confrontación con Esperanza Aguirre; y, en segundo lugar, porque la ultraliberal Aguirre resulta poco menos que imbatible, dada su popularidad y la contundencia de su discurso.
Tomás Gómez no logrado consolidarse como una alternativa creíble al poder del PP en la CAM, pero se había ganado el derecho a competir con Aguirre y el empeño de Rodríguez Zapatero por apartarlo de la carrera electoral, con argumentos impresentables, es una cacicada. Pero el problema de la izquierda en Madrid no es una cuestión de candidatos, es una cuestión de sociología. Y el más esclarecido de los aspirantes posibles –Alfredo Pérez Rubalcaba- lo ha comprendido con tanta nitidez, que dijo rotundamente no cuando algunos alcaldes fueron a sondearlo.
La prosperidad económica de las últimas décadas ha propiciado un fuerte crecimiento de la clase media y las capas sociales más acomodadas. Tres cuartas partes de la población ocupada están en el sector servicios y eso significa la paulatina desaparición de la clase trabajadora. Incluso los que objetivamente pertenecen a esta clase social, que era el vivero tradicional de votos para la izquierda, tienden a considerarse a sí mismos como miembros de la jaleada, cortejada, castigada y deseada clase media. Y cuanto más crece el sentimiento de pertenecer a una clase más elevada, más crece la aversión a las políticas de igualdad y solidaridad que podría impulsar la izquierda.
A mí no me cabe ninguna duda de que las políticas de Aguirre –las que practica y las que practicará- provocan un aumento de las desigualdades sociales. Pero la mayoría sociológica de Madrid respalda esas políticas en las urnas, quizá porque piensan que ellos no estarán del lado de los perjudicados o porque la izquierda no ha sabido encontrar el discurso adecuado para contrarrestar el avance de la fe liberal. El caso es que estamos muy lejos de aquellas cómodas mayorías izquierdistas que permitieron a Joaquín Leguina gobernar la Comunidad de Madrid durante tres lustros.
Y así llegamos a la conclusión de la misión imposible a la que van a enfrentarse Gómez o Jiménez: ni cada uno por su cuenta ni unidos tienen la capacidad de arrastre necesaria para desbancar a Aguirre. Tendría que ocurrir algo extraordinario que provocase un voto de castigo hacia la Presidenta de la CAM, pero no parece que vaya a caer esa breva.

viernes 20 de agosto de 2010

MAL SI GASTAMOS, PERO PEOR AÚN SI AHORRAMOS

Queridos lectores: Una nueva entrada con la economía como fuente de inspiración, después de varias semanas en que tuve que atender otros reclamos más urgentes.


La última y exitosa colocación de letras por parte del Tesoro español ha sido recibida casi con alborozo en ciertos ámbitos políticos y económicos. Dado que los responsables de la hacienda pública han logrado colocar todo lo que querían a una tasa del 1,89 por ciento, se supone que el aliento de ese monstruo insaciable al que llamamos “mercados” está alejándose de nuestros cogotes.
Pero nunca llueve a gusto de todos y, a pesar del éxito rotundo, algunos medios informativos han calificado la citada tasa como “muy elevada”. Una afirmación que produce asombro y perplejidad, porque ese interés anual del 1,89 está bastante lejos de lo que sería necesario para compensar a los ahorradores por el mordisco de la inflación contra el poder adquisitivo de su dinero. En efecto, la primera y fundamental preocupación de alguien que decide no gastar y ahorrar una parte de sus ingresos es guarecerse del alza de los precios, tan amenazante siempre como un mal nublado. Esta búsqueda de un refugio seguro es una de las razones que alimentaron la burbuja inmobiliaria y puede que esté también en el origen del espectacular florecimiento que están experimentando los chiringuitos dedicados a la compraventa de oro.
La deuda pública ha sido tradicionalmente un refugio bastante seguro y rentable, pero en vista de las últimas subastas del Tesoro la pregunta que cabe hacerse es la siguiente: ¿Es siquiera imaginable que alguien le preste un servicio a alguien a cambio de una retribución que, en la práctica, signifique perder dinero? Pues justamente eso es lo que les está ocurriendo hoy en día a los ahorradores que le prestan dinero al Estado español. Quizá debiéramos recompensarles concediéndoles el título de benefactores sociales, puesto que prestarle a la hacienda pública viene a ser como prestarle al conjunto de la sociedad.
Diez mil euros invertidos en letras a un año generan un rendimiento bruto de 189 euros, que se quedan en 153,09 después de liquidar el impuesto sobre los beneficios del capital. Pero resulta que esos diez mil euros, al cabo de un año, se han convertido, por causa y efecto de la inflación, en algo menos de 9.800. De modo que nuestro ahorrador/benefactor sufre un deterioro de cuando menos 50 euros en el valor real de su patrimonio.
¿Qué podemos hacer? ¿Deberíamos comportarnos como la cigarra de la fábula famosa? Si quieren que les diga la verdad, no tengo respuesta porque no soy economista y sólo me limito a señalar un dato objetivo: hace años comprar letras del Tesoro era un negocio aceptable, pero a día de hoy es una ruina. Puede que siga siendo una opción muy rentable para las entidades financieras, que manejan un dinero que no es suyo y por el que no pagan nada a los depositantes, pero no para el ciudadano de a pie.
Algo hay que ahorrar, supongo, pese a todo. Pero no demasiado, porque entonces se agravará la crisis por falta de demanda, según nos advierten los entendidos. Pensando en todo esto, uno llega a la conclusión de que la actividad económica es casi tan mortal como la vida misma. Mortal y muy delicada: si le subimos la temperatura a base de consumo, se gripa como un viejo motor sin lubricante; pero si le aplicamos el refrigerante del ahorro acaba constipándose como alguien demasiado expuesto a las corrientes de aire acondicionado.

El acuerdo general es que la maquinaria necesita una cierta temperatura, un cierto nivel de inflación, para funcionar adecuadamente, aunque el incremento de los precios se coma una parte de nuestros patrimonios. Pensándolo bien, los que de verdad se merecen el título de benefactores sociales son los esforzados emprendedores del gremio de la hostelería. Hace nueve años, antes de la puesta en circulación del euro, nos servían una caña por 125 pesetas. Ahora, la misma cantidad de nuestro refrigerante favorito nos cuesta unos 2 euros, lo cual significa una subida del 165 por ciento. No hagan la cuenta de cuánto han subido los salarios en el mismo periodo: se van a sentir tan deprimidos como si hubiéramos caído en las fauces de ese otro monstruo al que llamamos deflación.

P. D. Quiero decirle al amigo Palmiro, que me envió un comentario a la entrada anterior, que no he leído "El crash de 2010". A ver si tengo tiempo para hacerlo, aunque soy un lector bastante vago y muy lento.

jueves 24 de junio de 2010

¿EL ESTADO DEL BIENESTAR YA NO TIENE QUIEN LE ESCRIBA?

Queridos lectores de Zulema Digital: después de muchos días de ausencia,os ofrezco hoy el texto de un artículo que publiqué estos días de atrás en "Diario de Alcalá". Vivimos tan malos tiempos para la lírica que hasta el programa con el que se edita este blog parece haber sufrido recortes: Ahora no me ofrece la posibilidad de variar el tamaño de las letras y tampoco me deja escribir las negritas con que solía iniciar cada párrafo. Puede que todo sea consecuencia de una pura torpeza mía. Bueno, en todo caso creo que el texto que escribí tiene al menos la virtud de la oportunidad.
Una de las afirmaciones favoritas de los partidarios del ajuste fiscal a machamartillo es que la crisis nos ha hecho a todos más pobres después de haber vivido, cual pecadores empedernidos, “por encima de nuestras posibilidades”. Lo han defendido en estas mismas páginas algunas de las cabezas alcalaínas mejor amuebladas: el Director de Diario de Alcalá y los Catedráticos Manuel Peinado y José Morilla.
Es muy posible que lleven razón, pero en ese caso habría que hacer el esfuerzo de identificar con más precisión a los culpables, aunque sólo sea por evitar en lo posible que, como nos advierte la sabiduría popular, acaben pagando justos por pecadores. ¿Acaso han vivido por encima de sus posibilidades los cinco o seis millones de pensionistas que van a ver congeladas sus pensiones? No parece que pueda afirmarse tal cosa en vista del superávit que la Seguridad Social venía presentando a lo largo de los últimos ejercicios, superávit que permitió acumular en el Fondo de Reserva (la famosa “hucha de las pensiones”) una cantidad que a día de hoy debe de rondar los 65.000 millones de euros.
Otra cosa distinta es que el sistema público de pensiones, como un gran transatlántico que se dirige a puerto, necesite una vigilancia permanente y ciertas correcciones para no desviarse del rumbo trazado. Para eso se creó el Pacto de Toledo, cuyos principios fundacionales están en las antípodas de la actual política consistente en adoptar medidas a la desesperada.
¿Han vivido por encima de sus posibilidades las Administraciones Públicas? Puede que sí, pero no debemos olvidar una cosa: es esencial que el Estado, como agente económico poderosísimo que es, actúe un poco a la contra del ciclo. Es decir, el Estado debe gastar e invertir más cuando el sector privado cae en la atonía o la depresión y ahorrar en los periodos de bonanza. Esta máxima, con su teoría del equilibrio a lo largo del ciclo, la aplicó con singular maestría Pedro Solbes durante los dos periodos en que estuvo al frente del Ministerio de Economía. Esa claridad de ideas y firmeza en el manejo del timón nos llevó a reducir nuestra deuda pública a menos del 40 por ciento del PIB y a conseguir al menos un par de ejercicios con superávit presupuestario.
Es verdad que ahora sufrimos un déficit altísimo y un nivel de deuda que crece rápidamente, aunque todavía estamos lejos –y esto no lo destaca casi nadie- del nivel de deuda que teníamos cuando se pactó el plan para poner en marcha la moneda única. Por tanto, yo creo que el Reino de España puede hacer frente sin demasiados apuros a los mayores compromisos de pago que se derivan de ambas cosas. Téngase en cuenta que los dos grandes motivos del aumento del déficit han sido la caída de ingresos provocada por la crisis y el aumento del gasto en protección a los desempleados. ¿Deberíamos acaso cortar o eliminar esa ayuda a la parte de la población más castigada por el batacazo en la actividad económica?
Insisto, pues, en que el Reino de España, con los datos objetivos en la mano, puede pagar los gastos adicionales que conlleva el mayor nivel de endeudamiento. Aportaré un par de datos: en la última subasta de Letras del Tesoro el tipo de interés quedó establecido en el 1,69 por ciento; y en la última de Bonos a tres años se situó en el 3,39 por ciento. Si además tenemos en cuenta que estamos en una inflación interanual de casi el 2 por ciento, se imponen dos conclusiones: la primera, que la confianza en la solvencia de España es mucho mayor de la que están pregonando ciertas instituciones y ciertos medios de comunicación demasiado proclives al catastrofismo; y la segunda, que en el sistema financiero hay liquidez sobrada para sostener las actuales emisiones de deuda pública.
¿Cuál es el problema de fondo, entonces? A mi juicio, el problema de fondo aquí y ahora, y aun teniendo en cuenta la necesidad de reformas a largo plazo, es el comportamiento caprichoso de los mercados y el fundamentalismo enloquecido en que han caído algunos dirigentes europeos y mundiales. Un ejemplo palmario de ese fundamentalismo es la propuesta –asumida por el PP en España- de prohibir por ley la existencia de déficit público, que viene a ser algo así como si a los ciudadanos nos prohibieran por ley comprar a plazos los bienes que necesitamos para nuestra vida cotidiana.
Veamos, por otra parte, el caso de Alemania. Tiene más deuda que España (aunque menos déficit), pero, como es Alemania y como en el sistema financiero hay dinero de sobra, los inversores parecen dispuestos a financiarle esa deuda prácticamente gratis. Ese es el resultado de la consigna generalizada de “vender España y comprar Alemania”. Y en este contexto ¿qué sentido tiene que un país sin acuciantes problemas de deuda ni de déficit, y que además obtiene financiación casi gratis, anuncie unos drásticos recortes presupuestarios que nos hundirán a todos un poco más en el pozo de la recesión? Sólo el sentido de “enviar señales” a los mercados, es decir, lo mismo que hacían nuestros antepasados en la noche de los tiempos: sacrificios propiciatorios para calmar la ira y recuperar la confianza de los dioses.
Otro problema de fondo es que la izquierda política –Rodríguez Zapatero en España-, en lugar de atarse al mástil de la tradición socialdemócrata, se ha dejado engatusar, arrebatar o asustar por los cantos de los fundamentalistas. Estos últimos actúan con el viento a favor, porque llevan escrita en sus genes ideológicos la consigna de “más mercado y menos Estado”, de modo que se sienten muy cómodos dejando que sean los mercados, y no los representantes de la soberanía nacional, los que marquen el ritmo de los ajustes necesarios.
Lo que la izquierda política parece haber olvidado es que a los mercados hay que regularlos, vigilarlos, combatirlos y, llegado el caso, maniatarlos, puesto que a veces se salen de madre y no muestran en su comportamiento más cordura que la de los locos de atar. Plegarse a las exigencias fundamentalistas y tratar de “calmar a los mercados” a base de recortar los salarios y eliminar los derechos sociales es renunciar a las ideas y principios esenciales que han inspirado el proyecto socialdemócrata a lo largo de todo el Siglo XX. Y es aceptar la gran mentira que tratan de vendernos: que todos hemos vivido por encima de nuestras posibilidades.
Algunos pensadores señalaron hace dos décadas que el siglo anterior se había acabado con la caída del Muro de Berlín; e incluso pronosticaron que esa caída se llevaría por delante no sólo a todo el bloque de países comunistas, sino también al proyecto socialista o socialdemócrata en todo el mundo. A lo peor es cierto que esa sombría profecía se está cumpliendo, que nos estamos quedando sin izquierda política, que ya no tenemos grandes líderes de masas capaces de ( o dispuestos a ) subir a las tribunas públicas para recordarnos lo mismo que la alemana Rosa Luxemburgo: socialismo o barbarie, compañeros.

domingo 16 de mayo de 2010

SACRIFICIOS INJUSTOS EN ARAS DE UN DIOS CAPRICHOSO Y CRUEL

¿Quién gobierna hoy nuestros países? ¿Los gobiernan los Ejecutivos que los ciudadanos elegimos en uso de la soberanía nacional o los gobiernan los mercados? He aquí una pregunta que, en estos días de tribulaciones financieras, no se está formulando, a mi entender, con la necesaria energía. Los medios de comunicación, los tertulianos, los expertos y algunas autoridades se dedican con mucha fruición a explicarnos los graves errores que nos han llevado a la actual situación. También se emplean a fondo en contarnos con todo detalle cómo debería ser la música neoliberal que el sacrosanto mercado está deseoso de escuchar. Tenemos que hacer estos sacrificios, recortar aquellos derechos, reducir los salarios y prestaciones sociales –nos dicen-. Pero casi nadie parece atreverse a dar un puñetazo sobre la mesa y preguntar en voz alta si es razonable o no que se adopten ciertas medidas sólo porque necesitamos calmar a la “manada de lobos”, como la definió uno de los participantes en el último Consejo Europeo.
El Vicepresidente de la Comisión Europea, Joaquín Almunia, decía hace unos días que “ningún país puede hacer oídos sordos a los mensajes que le llegan del mercado”. Esa parece una opinión juiciosa, pero una cosa es no hacer oídos sordos y otra bien distinta es dejarnos arrastrar a la histeria en que ha caído esa moderna deidad llamada “el mercado”, cuyo comportamiento se nos antoja igual de cruel y caprichoso que el de los dioses antiguos. La Alcaldesa de Lille, hija de uno de los padres más queridos de la actual Unión Europea, ha dicho que, lamentablemente, siempre hay medidas para salvar a las Bolsas, pero nunca para salvar a los pueblos.
Justamente eso que denuncia Martine Aubry es lo que está ocurriendo hoy con los pueblos de Grecia, de Irlanda, de Portugal y España. ¿Y por qué? Porque desde ciertos “templos” y ciertas “biblias”- donde los sumos sacerdotes del dios enfurecido predican a machamartillo la fe neoliberal- no se ha parado de alimentar la opinión de que esos países, llamados despectivamente “cerdos” por sus siglas en inglés, no podrían hacer frente a los pagos derivados de su abultada deuda pública. Es verdad que las autoridades griegas, por ejemplo, han cometido graves pecados en relación con sus cifras de deuda y déficit público. ¿Pero justifica eso un castigo tan irracional como depreciar los títulos de la deuda griega a corto plazo en más de un 75%? Caídas de esa magnitud no las vimos ni siquiera con los títulos privados de renta variable en el otoño de 2008, cuando el sistema financiero mundial pareció al borde del abismo.
No sé si al señor Obama le gusta dedicar una parte de su tiempo libre a invertir en la Bolsa y en los mercados de deuda. Pero ¿a quién ha beneficiado que la oficina de prensa de la Casa Blanca se apresurase a comunicar al mundo que el Presidente de los Estados Unidos había llamado al señor Rodríguez Zapatero para pedirle “medidas resolutivas”? Al pueblo español, desde luego no.

Es verdad que Rodríguez Zapatero se ha comportado con demasiada alegría y demasiado electoralismo en su manejo de las cuentas públicas, pero veamos algunas cifras de manera objetiva, sin dejarnos asustar por el aullido de los lobos. España tiene hoy una deuda pública que ronda el 55% del PIB. En ese punto concreto estamos mejor incluso que Alemania, ese paraíso de los ortodoxos de la política monetaria que no dudaron en pedir una flexibilización del Pacto de Estabilidad cuando la digestión de los lander del Este se les hizo demasiado pesada. Nuestro déficit público, como consecuencia de la fortísima caída de ingresos y del aumento del paro, ha alcanzado cifras muy altas, pero no ingobernables. Naturalmente, la deuda acumulada va a crecer y eso nos obliga a una política de austeridad, una política que nos permita retornar a unas cifras de déficit inferiores al 3% del PIB. El pago de los intereses representa aproximadamente el 10% del presupuesto del Estado, pero hace veinte años los intereses representaban casi el 20% del presupuesto y nadie se dedicó entonces a especular sistemáticamente sobre nuestra hipotética insolvencia o bancarrota.
Veamos algunas cifras más. Los últimos datos del INE sitúan la inflación interanual en el 1,5. Pese a ello, a lo largo de los últimos meses, o años, nuestro Tesoro Público ha estado colocando en el mercado Letras con una rentabilidad inferior al 1%. ¿Es esto razonable? Evidentemente no, porque lo lógico es que el ahorrador/inversor obtenga una rentabilidad positiva, aunque los responsables de la Hacienda pública hacen muy bien en aprovecharse de las coyunturas favorables para obtener financiación barata. Históricamente, sin embargo, la rentabilidad de las Letras del Tesoro y de los Bonos a medio y largo plazo se ha situado dos o tres puntos por encima de la inflación anual. Y si esto es así, ¿qué sentido tiene el grito en el cielo que han puesto algunos por el hecho de que, en la última subasta, el Tesoro haya tenido que aceptar tipos de interés cercanos al 3% para poder colocar una emisión de títulos a corto plazo?
Por culpa de la crisis, todos los países occidentales están acumulando importantes niveles de deuda y esto, inevitablemente, se va a traducir en unos mayores costes de financiación. Costes que, como ocurrió en el pasado, se abonarán religiosamente, porque ningún país quiere perder su fiabilidad. Pero lo que no es de recibo es que los gobernantes se dejen arrastrar por la histeria colectiva, como si fueran un rebaño de ovejas asustadas. No es de recibo que se dejen arrebatar la batuta de la gobernación o gobernanza, como ahora se dice. El señor Obama, en lugar de presionar con las dichosas medidas resolutivas, podría haber salido a los jardines de la Casa Blanca y anunciar su disposición a colocar una parte de sus ahorros en bonos del Tesoro español. Eso sí que habría sido la mano tendida de un amigo y no un dogal al cuello. Los señores Sarkozy y Merkel, la Comisión Europea, el FMI y el resto de mandamases, además de blandir las tijeras, podrían ponerse de acuerdo para prohibir radicalmente las operaciones especulativas de unos señores que se dedican a traficar con una mercancía –lo títulos de la Deuda Pública- que en realidad no tienen. Podrían obligarles a comprar los títulos a tocateja antes de dedicarse a operar con ellos en el mercado. Una vez comprados, que hagan lo que les plazca, pero primero que los compren.
Y no olvidemos que una gran parte de esos especuladores anónimos son las propias entidades financieras a las que hubo que rescatar con cuantiosas inyecciones de dinero obtenido a base de más emisiones de deuda. Y no olvidemos que esas impúdicas agencias de calificación de riesgos, que se dedican a sembrar sospechas sobre la solvencia de los países, son las mismas que daban la más alta calificación crediticia a los productos basura fabricados a partir de las hipotecas “sub-prime”. Y no olvidemos que el Código Penal está para algo: por ejemplo, para perseguir a quienes difunden noticias falsas cuyo único fin es provocar nuevos descalabros.

sábado 8 de mayo de 2010

MIGUEL BOYER ALZA SU AUTORIZADA VOZ CONTRA LOS CATASTROFISTAS

Nunca tuve la suerte de asistir a una rueda de prensa de Miguel Boyer, el primer Ministro de Economía que tuvo en sus Gobiernos Felipe González. Boyer comenzó su andadura profesional en el Banco de España y fue siempre una voz cuando menos respetada, por la solidez de su formación por el rigor de sus análisis económicos. Si no recuerdo mal, hacia el final de la primavera o comienzos del verano van a cumplirse 25 años desde aquella abrupta dimisión con la que dio salida a los continuados enfrentamientos políticos que había tenido con Alfonso Guerra.
En estos días de turbulencias fortísimas en los mercados financieros, Boyer ha hecho oir su influyente voz contra los especuladores que están apostando por el desastre. El día 30 de abril publicó un artículo en el diario EL PAÍS, del que se han hecho eco otras voces autorizadas y que me ha parecido interesante recoger aquí, como un recurso a los argumentos de autoridad para apuntalar lo que decíamos en la entrada anterior. Me permito, en todo caso, señalar una carencia en el artículo del ex-Ministro de Economía: él define la situación actual como el paraíso de los especuladores bajistas, pero se abstiene de hacer recomendación o sugerencia alguna sobre cómo podría cortárseles las alas a tan perversos sujetos. He aquí, en cursiva, un resúmen de lo escrito por Boyer, aunque uno siempre alberga la duda -o más bien la convicción- de que la racionalidad de los números no puede nada frente a la que Greenspan denominó como "la exuberancia irracional de los mercados":

Las agencias de valoración tuvieron una gran responsabilidad en el período anterior a la actual crisis sobreponderando activos, empresas y solvencias, y, por tanto, contribuyendo en primera línea a la generación de burbujas desmesuradas en el sector inmobiliario y en las Bolsas en general, así como a una errónea confianza de los inversores y de las entidades de crédito. Fueron, sin duda -junto a la política de tipos de interés bajísimos de la FED, la desregulación financiera y los blindajes de los ejecutivos-, uno de los factores principales de la crisis.

En estos primeros meses de 2010 la orientación ha cambiado: los que exageraron el optimismo y la confianza en el auge pasado ahora exageran, notoriamente, el pesimismo sobre la solvencia de las deudas públicas y privadas de un cierto número de países. Lo mismo que hubo mucha gente que ganó dinero insuflando alegría a espuertas entre los inversores y los bancos, en esta delicada fase de incipiente recuperación económica y perentorias necesidades financieras, la propagación del pesimismo aumenta las primas de riesgo de los prestamistas de toda clase.
Es obvio que esto aumenta el coste de los créditos a los países que más los necesitan, neutralizando una parte del esfuerzo de los bancos centrales por mantener bajos tipos de interés, para impulsar la salida de la crisis. Es el paraíso de los especuladores bajistas.

Alemania hizo un buen negocio macroeconómico componiendo la Unión Monetaria, aunque no se le ha explicado al alemán medio para no escamar a los otros socios. Con una moneda común, el euro, Alemania ha evitado, las posibles devaluaciones de la lira, la peseta, etc. y una competitividad mayor de las exportaciones de Italia, España y otras. Por otro lado, un euro común a 15 países es más débil, respecto al dólar, que un marco alemán solitario, así que, también, se han beneficiado sus exportaciones a los Estados Unidos.

El resultado ha sido magnífico para Alemania. En 1990, las exportaciones de Alemania representaban un 32% de su PIB, y las de Francia un 21%, las de Italia un 19%, y las de España un 16%. En el 2008, eran respectivamente, del 47%, un 26%, un 29% y un 26,4%. Esto es, mientras que el crecimiento de puntos de PIB de las exportaciones aumentaron en este periodo un 5 para Francia, 9 para Italia y 10 para España -no está anda mal-, en el caso de Alemania fue de 29 puntos.

Alemania no romperá la Eurozona, abandonando a Grecia, ni por su propio interés, ni por la lógica económica básica que la Unión Económica y Monetaria implica. Merkel ha decidido no desgastarse explicando a su ciudadanía cuánto le conviene mantener la Unión Monetaria intacta, ya que la opinión general alemana está en una ideología diferente. Pero saltará, el 10 de mayo, con un paquete de ayuda a Grecia bastante mayor de lo previsto anteriormente.

En este clima lleno de exageraciones negativas y de especuladores, me ha dolido que una agencia de
rating de la importancia de Standard&Poor's, haya contribuido a las ideas pesimistas -aunque sea levemente- pasando su rating para la deuda española de AA+, a sólo AA.
Lo ha hecho aduciendo que sus nuevas estimaciones de crecimiento medio del PIB español, para el periodo 2010- 2016, son del 0,7%, lo cual dificultará la reducción del déficit público y aumentará la deuda al 87,5% (en 2013), en vez del 74,1% programado por el Gobierno. También le preocupa a S&P's la "baja capacidad de exportación" de España, debida a los crecimientos de los costes unitarios españoles en los años pasados.

Pero estas estimaciones del PIB son sensiblemente más bajas, incluso que las de instituciones independientes como el FMI -que suele tener un sesgo a la baja en sus predicciones sobre España- recién publicadas, que proyectan crecimientos del PIB del 0,9% al 1,7% entre 2011 y 2015, superiores, pues, a las de S&P's.

Si la demanda global va tirando en los próximos años, el crecimiento del empleo no ha sido problema en España históricamente, incluso en tiempos de menor peso de la construcción. El FMI espera que el consumo tendrá tasas positivas ya en 2010, lo mismo que la inversión en bienes de equipo y construcción no residencial, y es optimista respecto al crecimiento de las exportaciones españolas. En el periodo 2000-2008 -a pesar del impulso de la demanda interna- el crecimiento real de las exportaciones españolas fue del 4,3%, por delante del de Francia (3,9%), Alemania (3,5%) y el de Reino Unido (2,5%), y en los dos primeros meses de 2010 el crecimiento de las exportaciones (a precios corrientes) ha sido del 13%, frente a un 9,4% de Alemania y un 6,5% de Francia e Italia.

En cuanto a los que creen que el dinamismo de la economía española se debió a la aportación de la construcción residencial, pueden echar un vistazo al desglose de la aportación de las diversas ramas productivas en el año 2007, al crecimiento de un 4% del valor añadido real: 3,15 el sector servicios; 0,46 la industria; 0,18 la construcción de viviendas y 0,16 la construcción de infraestructuras y de edificios empresariales. El ladrillo creó muchos empleos que, por su baja productividad, aportaron poco al valor añadido total. Y además de consumir una buena parte de la inversión y estropearnos la balanza de pagos, fue culpable de una caída brutal del empleo que había creado antes de la crisis.


lunes 3 de mayo de 2010

LA JAURÍA INHUMANA

La posibilidad de que Grecia acabe declarándose en suspensión de pagos (posibilidad aún no descartable) ha sido una de las cuestiones que han hecho correr ríos de tinta en los medios informativos durante las últimas semanas. Lo más llamativo es la capacidad, al parecer ilimitada, que tiene esa jauría inhumana a la que conocemos por el nombre de "mercados" no sólo para poner contra las cuerdas a la presa elegida, sino para despedazarla literalmente.
Hace un año y medio los Estados tuvieron que poner en marcha planes de ayuda a los bancos para evitar el desplome del sistema financiero mundial. Ahora son los propios Estados los que tienen graves dificultades para hacer frente a sus deudas y a sus compromisos de gasto. Y esas dificultades han desatado el vendaval especulativo. ¿Qué podría hacerse para contener o hacer fracasar las maniobras especulativas? ¿En qué consisten exactamente tales maniobras que nadie se molesta en explicarnos con detalle?
Soy un absoluto ignorante de los mecanismos que configuran o constituyen lo que suele llamarse la "ingeniería financiera". Y desde esa ignorancia debo confesar el asombro que me produce esa repetida afirmación según la cual "hay miles de especuladores ganando mucho dinero con la crisis fiscal griega". ¿Cómo se puede ganar dinero con unos títulos cuyo valor no para de caer en el mercado? Creo que la respuesta está en un tipo de producto que también se usa mucho en la renta variable y que se llama "contratos de futuro".
Hasta donde yo puedo intuir, el problema consiste en que un inversor/especulador puede firmar un contrato de futuro desembolsando tan sólo una mínima parte (pongamos un 10 por ciento) de la cuantía total de ese contrato. Si el especulador (pongamos un banco) está convencido de que los títulos de la deuda griega van a caer hasta el 50 por ciento de su valor nominal, puede pensar que será un buen negocio comprometerse hoy a entregar dentro de un tiempo títulos valorados al 70 por ciento. Títulos que, evidentemente, no tiene, pero que espera comprar en el mercado por debajo del precio a que se ha comprometido. Su problema (el riesgo especulativo que asume) es que el cálculo no sea acertado y, llegada la hora, los títulos tengan un valor superior al que había estimado. De ahí una frase dicha también en estos días por el Ministro de Economía griego: "Estos tipos (los especuladores) van a perder hasta la camisa". Esposible que esa predicción se cumpla, pero de momento los que pueden perder hasta la camisa son los ciudadanos griegos afectados por el salvaje plan de ajuste que la UE y el FMI le van a exigir a Grecia a cambio de la ayuda.
Y, a pesar de los durísimos sacrificios que se anuncian, sin duda está bien que los demás estados europeos se hayan comprometido con el plan de rescate, pero a lo mejor sería necesario que hicieran también algo contra las maniobras puramente especulativas que se maquinan en los sacrosantos "mercados". Porque esas maniobras tienden a ser las clásicas profecías que se cumplen a sí mismas, como ocurrió hace cosa de 20 años con la crisis del sistema monetario europeo y las devaluaciones que sufrieron la peseta, la lira, la libra esterlina y otras monedas.
Es verdad que Grecia está pagando las culpas por el descontrol de sus finanzas y por las mentiras de sus Gobiernos. Pero no deja de ser absurdo que, en cuestión de días, los títulos de su deuda a corto plazo ( dos años) hayan visto caer su valor de mercado en más de un 75 por ciento. Eso no lo vimos ni con los índices de renta variable en los peores momentos de la tormenta financiera del otoño de 2008. Alguien está intentando pescar en río revuelto y algo habría que hacer contra ese alguien.

sábado 24 de abril de 2010

ALEGATO CONTRA LA ORTOGRAFÍA EN VELILLA

La ortografía es una camisa de fuerza contra la libertad creadora, un cepo traidor contra los que tienen algo que contar y ganas de contarlo. Gabriel García Márquez, Premio Nobel, dice que habría que suprimir la ortografía. Cervantes, cuya memoria hoy celebramos, escribía su apellido con b y hoy lo escribimos con v...
Quien así piensa y se expresa es un hombre de porte elegante y discurso agudo y provocador. Es Pedro M. Talaván, editor romántico, de cabeza adornada con una melena de nieve que me recuerda la que lucía el gran Rafael Alberti allá por las Constituyentes del 77. A Talaván le gusta hacer la guerra por su cuenta, y así se convirtió en el creador e impulsor de la editorial Tal Vez, con sede en el calle Mayor de Velilla de San Antonio, por los confines del sureste madrileño.
Con motivo del Día del Libro, 23 de abril, Talaván nos convocó en un bar de la localidad -"Los Romeros" de nombre- para presentar la última producción de su factoría: 4 MENTES DEMENTES. Un libro original, de muy cuidada factura, del que son autores cuatro ciudadanos de diferentes orígenes, edades y trayectorias vitales. En la contraportada leemos lo siguiente: "Aquí tenemos a 4 autores convergentes y a la vez divergentes. 4 autores que atacan un mismo tema desde muy diferentes puntos de vista".
"José Manuel , con espíritu castizo; Pedro Talaván, con espíritu extremeño; Juan Carlos, con espíritu brasileño; y María con espíritu gaditano. Los cuatro entretejen bajo el mismo espectro -una estremecedora cama, un inquietante humo y un escalofriante título- una tenue tela donde las vicisitudes de la vida pueden hacer con un mismo fin diferentes guiones. Divergentes formas pueden converger en un mismo fondo. Y eso es lo que aquí sucede..."
En efecto, el bar-restaurante Los Romeros estaba lleno de humo, y también de ruido, pero ninguno de los presentes parecía sentirse inquieto por ello, como si la llamada Ley Antitabaco fuera también un corsé contra la inspiración creadora. "A mí me gusta leer en los bares, escribir en los bares -proclamaba Talaván lleno de entusiasmo-; los libros tienen que ser liberados de ese cementerio que son las bibliotecas, los libros tienen que ser llevados a la calle y a los bares". Fiel a su ideario guerrillero, el director de Tal Vez, organizó la presentación "lejos de los circuitos de la cultura oficial".
A pocos kilómetros de Velilla, en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá, el poeta mexicano José Emilio Pacheco, había tenido ciertas dificultades con los pantalones a la hora de ir a recibir el Premio Cervantes. En Los Romeros nadie perdió ninguna prenda, pese al tono divertidamente erótico de los discursos y los textos que se leyeron. "Si no fuera por el impulso erótico -sentenció con sabiduría Talaván- ninguno de nosotros estaríamos hoy aquí celebrando esta presentación".